Mental

La disciplina de la mente mejora con ejercicios de concentración y atención mental, pero sobre todo con una personalidad armónica, madura, capaz de integrar sentimientos, emociones y conciencia. Merece la pena aprender de los avances en psicología y de las técnicas de meditación para mejorar el funcionamiento de la mente. Sobre esto trata esta sección dedicada al yoga mental o radja yoga.


1.- La autoestima y el yoga

Cuando tenemos una autoestima carente de conflicto… lo que nos motiva no es “probar” lo que valemos, sino vivir dentro de nuestras posibilidades… Si mi objetivo es demostrar que soy “suficiente”, el proyecto se prolongará hasta el infinito: un ascenso más, una conquista sexual más, una compañía más, una pieza de joyería, una casa mayor, un coche más caro; sin embargo el vacío interno no se puede llenar. En la cultura de hoy algunas personas frustradas y a las que les afecta esta situación anuncian que han decidido emprender un camino “espiritual” y renuncian a su yo. Este proyecto está llamado a fracasar. (Nathaniel Branden. Los seis pilares de la autoestima. Paidós Ibérica: Barcelona, 1995)

Está claro: los practicantes de yoga no queremos que nos ocurra tal cosa. No practicamos yoga para compensar nuestra falta de autoestima. No emprendemos un camino espiritual porque estamos frustrados y no sabemos encarar nuestro mundo ni aceptar nuestras responsabilidades. Es más, la práctica de yoga debe mejorar nuestra autoestima, no con un orgullo que nos envanezca y nos aleje de los demás, sino con una verdad que hacemos nuestra y dejamos que crezca fortaleciendo nuestro yo, nuestro propio camino, nuestro sello personal, mientras nos adentramos en el gran cambio, en la apertura que la práctica del yoga facilita.

Una espiritualidad sana fortalece la autoestima. Hay maneras múltiples de adentrarnos en el camino de la espiritualidad. Cada uno tendrá la suya, como cada uno tiene su mirada o su manera de alimentarse. Desarrollamos nuestro yo y nos hacemos únicos y solidarios, específicos. Nos pulimos y cincelamos nuestra forma personal, aunque todos, al fin, si lo hacemos bien, desemboquemos en el mismo lago.

Un camino puede ser la contemplación de la naturaleza, o el desafío a la injusticia social, la devoción ante la grandeza y el misterio del universo o la ayuda a los que más sufre. Puede ser el trabajo atento y bien hecho, o la capacidad de infundir calma, o amar y formar una familia, o la soledad sonora, como decía San Juan de la Cruz.

Hay muchas maneras de crecer. Cada uno debe encontrar su camino, no renunciar a él, como le pasó a la zorra con las uvas que, como no podía alcanzarlas, decía que no estaban maduras. Como no nos atrevemos a intervenir en el mundo decimos que despreciamos el mundo, que estamos más allá. Los yoguis y las yoguinis podemos acercarnos a nuestro mundo del siglo XXI porque no le tememos, pero nuestra mirada será distinta.


2.- Una meditación y un encuentro: sabiduría garantizada, de Doris Dörrie

Hoy nos vamos a regalar en este post una extraordinaria película que a mí me gusta ver de vez en cuando para centrarme en lo importante. Es “Sabiduría garantizada” de Doris Dörrie estrenada en 2000. Se puede ver libremente en You Tube en 11 videos, comprarla, o verla de otras maneras menos respetuosas con el esfuerzo realizado por sus creadores.

La película nos muestra a dos hermanos alemanes, de mediana edad, casados y cada uno con su vida. Uno de los hermanos se dedica a domesticar la energía sublime en los hogares alemanes: te dice donde hay que poner la cama y en que lugar de la mesa sentarse para no quedarse en corriente energética. Él ama el zen, aunque más que nada ama su parafernalia: el palito de incienso, la fuente de agua, el jardín desolado, un poco de arena con unas piedrecitas encima de una mesa auxiliar que peina todas las mañanas.

El hermano más joven acaba de perder pie porque le ha abandonado su mujer sin previo aviso, de la noche a la mañana, llevándose a todos sus hijos. Está francamente pesado con tanta llorera y se empeña en acompañar al otro hermano al viaje que lleva planeando desde hace más de un año a Japón, como si fuera la Meca, con retiro incluido en un templo budista. Puesto que la noche de la víspera del viaje está bastante borracho y llorón, al hermano no le queda más remedio que aceptarle.

Tokio es una ciudad inmensa, ruidosa, llena de prisas, un hormiguero de japoneses bajitos con aparatos colgados de todos sitios como adornos punkis. La primera noche se pierden y ya no vuelven a encontrar el hotel.

Bien, la primera en la frente en su viaje iniciático: así que de vagabundos por Tokio. Acaban de perder pie. No les queda nada ni son nada. No se lo toman tan mal, sufren, se preocupan, roban, duermen en los parques. En el momento más dramático encuentran a una compatriota que les ayuda. Así que, después de unas semanas ganando algún dinero, terminan en el monasterio.

En la segunda parte Doris Dörrie nos enseña la vida monacal y el esfuerzo tremendo que tienen que realizar los dos hermanos para adaptarse. Luego describe la alegría y el silencio.

Pierden la prisa y encuentran un lugar más íntimo en sí mismos. Aprenden a guardar un orden, a reverenciar las cosas, a barrer, a oír el viento y el misterioso graznido de los cuervos, a pararse, a pararse de verdad, a comer con gusto, a cansarse, a participar, a callarse, a reírse, a vestirse despacio. Es todo muy sencillo.

Doris Dörrie nos deja ver, sin querer explicarnos nada, como van cambiando ambos hermanos, cada uno desde su forma de estar en el mundo. Como se van calmando, limpiándose mentalmente, limpiando sus sentidos, barriendo y poniendo orden en sus sentimientos y emociones, como van cocièndolos y maceràndolos, sin hacer nada, simplemente algo que les ocurre, hasta irlos colocando en su sitio. Es impresionante verlos desde la prisa y el desconcierto de sus vidas cotidianas hasta esa calma y la tolerancia ante lo que ocurre en el tramo final de la película.

Sin embargo no hay moralina, ni tomas de partido. Doris Dörrie simplemente nos deja ver el proceso de descubrimiento interno y alegría de vivir de estos dos seres que con sencillez siguen una rutina de limpieza que se ha ido perfeccionando a través de los siglos. No hay grandes palabras, menos aún grandes ideas, tampoco verdades como dogmas, ni siquiera tomas grandilocuentes o rebuscadas, simplemente nos muestra lo que ocurre en un monasterio zen de Japón, para lo que tuvo que participar de su vida mientras hacía la película.

-"¿Conectar con el budismo le dio más alegría de vivir de la que tenía antes?" –le preguntaron a Doris Dörrie en una entrevista con motivo del estreno de la película.

-"Sí, pero esto no vino por sí solo. Como la mayoría de la gente yo también soy bastante ignorante en este sentido y necesitaba que me cayera un ladrillo en la cabeza. Fue el momento en que mi marido enfermó de cáncer de hígado. Tenía que pensar en otras cosas para dominar el miedo y poder cuidar de él y de mi hija y no saltar por la ventana del susto. Y la simple intención de concentrarme en lo que estaba haciendo en cada momento y resolverlo de la mejor forma me ayudó a no enloquecer. Contado así suena muy triste, pero lo que me importaba reflejar en la película es la alegría que desprende. Lo cierto es que en el mismo paquete, junto con la parte seria hay una invitación a tomar las cosas con cierta ligereza, porque si vamos a morir de cualquier forma, podemos llevar las cosas con mejor ánimo, quitándonos peso de los hombros y aprovechar el momento lo mejor posible.”


3.- Espiritualidad y depresión tienen una relación inversa

El 9 de enero de 2012 la prestigiosa revista de psicología y psiquiatría American Journal of Psychiatry ha publicado un artículo* donde se describe una investigación que tiene que ver con la influencia de la religión y la espiritualidad en el desarrollo de la depresión en hijos de padres que habían padecido la enfermedad anteriormente. Lisa Miller, Priya Wickramaratne  y otros, sus autores, ya habían estudiado y demostrado hacía unos años la asociación inversa que existe entre la espiritualidad y la depresión mayor entre adultos. Encontraron que las personas con su espiritualidad despierta tenían menos riesgo de padecer una depresión.

V. van Gogh : "en la puerta de la eternidad"
Ahora, los mismos autores han investigado, en un trabajo longitudinal a lo largo de 10 años, a los hijos de estos sujetos en comparación con otros chicos cuyos padres no habían sufrido una depresión. El resultado ha sido que los hijos que informaron a los 10 años que la religión o la espiritualidad eran muy importantes para ellos tenían alrededor de una cuarta parte de riesgo de sufrir depresión mayor entre los 10 y 20 años (período estudiado) en comparación con otros participantes de su misma edad no creyentes.  Pero lo más curioso es que fueron los hijos de los padres que habían sufrido una depresión y que consideraban muy importante la espiritualidad los que estaban más protegidos contra la devastación que produce una depresión. Este grupo tenía solo una décima parte de posibilidades de sufrir esta grave enfermedad.

¿Podemos concluir, a la vista de esta investigación, que la espiritualidad es una condición esencial del ser humano y que no desarrollarla lleva a la infelicidad y a la depresión? ¿O debemos concluir que las condiciones de la vida y la soledad esencial de la humanidad son tan duras que resultan difícilmente llevaderas sin el invento de la espiritualidad o la religión? Cada uno puede concluir lo que quiera porque estas conclusiones van mas allá de los datos publicados, y en este punto no hay certezas. Los que piensan lo primero se abrirán a una condición del ser humano, la búsqueda de su propia trascendencia y la esperanza de un sentido en el universo, que ha existido siempre en él y que le realiza, le da amplitud, sentido y felicidad, y le colma en su esencia. Los segundos se preguntarán si es legítimo creer lo difícilmente creíble solo porque ejerce un efecto placebo y nos permite vivir despiertos y esperanzados con una promesa infantil, imposible de comprobar, de bienaventuranza, compañía profunda y paz.

¿Merece la pena desgastarse en esta duda? Como dijo Buda, si a un hombre le clavan una flecha y cae herido, ¿qué es preferible hacer, intentar averiguar antes de todo quién le ha disparado la flecha, de dónde era y por qué lo hizo; o le socorrerá primero tranquilizándole y arrancándole la flecha para que no muera?

Pues es lo mismo: ¿vamos a gastar la vida en la especulación y la duda si podemos actuar?

El yoga mejora nuestra salud corporal, nos aporta altura de miras y alegría, nos proporciona equilibrio psicológico y emocional --inteligencia emocional, como decimos ahora--, condiciones también estudiadas por la psicología como necesarias para sentirnos felices y en armonía. El yoga despierta en nosotros una espiritualidad serena, confiada y no especulativa. Eso sí, existen varias condiciones: hay que tener determinación, confianza, atención constante a la realidad, austeridad, y mirar con indiferencia la duda cuando surge.



*Lisa Miller; Priya Wickramaratne; Marc J. Gameroff...et alia (2012) : Religiosity and Major Depression in Adults at High Risk: A Ten-Year Prospective Study. American Journal of Psychiatry.169(1):89-94.


4.- Sexto paso en el camino del yogui y la yoguini: Dharana, concentración.

En este sexto paso entramos en las tareas internas que debe realizar el yogui. Mientras que los cinco pasos anteriores se referían a actividades que tenían que ver con la acción externa del cuerpo, como ejercicios, respiraciones y conducta, estos últimos tres pasos tienen que ver con labores internas, mentales, de desarrollo mental y espiritual.

No es que se puedan separar ambas tareas, ya lo hemos dicho. Ambas son del cuerpo y de la mente, y ambas nos desarrollan espiritualmente. La distinción sirve para saber donde ponemos el acento.

Dharana, dhyana y samadhi, los tres últimos pasos descritos por Patanjali se refieren al desarrollo de la mente. Concentración, meditación e iluminación o liberación, son actividades que ponen el acento en la mente y que resultan difíciles de distinguir entre sí. No hay un orden en la práctica, mantienen algunos estudiosos del yoga, todas se fortalecen entre sí. Unas llevan a las otras y todas evolucionan por un esfuerzo consciente que tiene un principio y un final antes de pasar a la siguiente etapa, dicen otros.

En todo caso, sin concentración, sin dharaha, sin este paso fundamental, no es posible comenzar ninguna actividad mental. El dominio de la mente nos permite dirigirla, incrementar la conciencia de lo que hacemos y utilizarla en nuestro provecho. Si no, la mente vagará sin dirección, de manera compulsiva, como los niños que de pequeños mueven manos y pies sin sentido y sin finalidad, un paso previo para el movimiento consciente, dirigido y útil que vendrá después. Igual que aprendemos a manejar el cuerpo debemos aprender a manejar nuestra mente.

La concentración en un punto es el ejercicio más importante para desarrollar la mente.

Igual que el movimiento y la fuerza son esenciales para el desarrollo del cuerpo, la concentración y la voluntad son esenciales para el desarrollo de la mente. Parece que lo primero lo vamos entendiendo y practicando cada vez mejor, pero sobre el desarrollo de la mente todavía lo ignoramos casi todo. ¿Cuándo habrá gimnasios para mejorar la forma psíquica y mental igual que hay gimnasios para mejorar la forma física y muscular? Solo los centros de yoga pueden reunir ambas cualidades.

Dharana es la concentración de la mente en un solo punto (Yoga Sutras de Patanjali III, 1.)

Direccionar la mente es una tarea larga y, a veces, frustrante, pero esencial. Podemos concentrarnos en cualquier punto que se nos ocurra: la respiración, el entrecejo, el jara, la llama de una vela. Da igual. Uno u otro cambian porque unas personas se concentran mejor en un objeto que en otro, pero el trabajo es el mismo. El trabajo de concentración puede ser tan árido al principio que elegir un objeto que nos vaya bien es importante para notar que avanzamos.

Dharana estabiliza la mente, aminora las sacudidas emocionales y nos serena. Ver como la mente se va “colocando” cada vez más fácilmente en el lugar que le asignamos nos produce alegría, sensación de control sobre nosotros mismos, y nos estimula a seguir con la práctica de la concentración.

Practicar dharana merece la pena, aunque implique un gran esfuerzo y nos resulte todavía una tarea un tanto insólita en nuestra cultura. Pero, al fin y al cabo, cuando estudiamos o cuando vemos una película absorvente practicamos Dharana.

Dharana educa la mente, la somete a nuestra determinación y fortalece la voluntad. Practicar diariamente, por sistema, igual que nos lavamos los dientes, sentándonos durante unas decenas de minutos, es una tarea esencial para el yogui.

Dharana no solo puede practicarse de esta manera, sentados, quietos y concentrándonos en un objeto. También la concentración en las asanas, durante el pranayama o el pratyahara, cuando retiramos los sentidos de un objeto que nos distrae con un esfuerzo de la voluntad, son ejercicios de concentración importantes para ir avanzando con armonía y determinación en nuestro camino de yoguis.


5.- Una pastilla de yoga para la depresión.

Según un estudio de la universidad de Las Palmas de Gran Canaria, publicado por la revista 'Public Health Nutrition', los consumidores de comida rápida tienen el doble de riesgo de padecer depresión.


Por lo leído en este estudio que ha costado 6 años de investigación siguiendo a un grupo de 9.000 participantes, se confirma que las personas que más alimentos grasos consumen "son más propensos a estar solteros, ser menos activos y tener un patrón dietético peor, con un consumo menor de fruta, frutos secos, pescado, verduras y aceite de oliva". Pero este grupo de personas también tiene otros hábitos poco saludables, como son "fumar y trabajar más de 45 horas semanales". También que el consumo de comida basura está en una relación directa y cuantitativa con la depresión: cuanta más se ingiere mayor es el riesgo de depresión.

Es muy fácil poner en relación esta noticia de agosto del 2011 con el tipo de alimentación que el yoga aconseja a sus adeptos porque la considera saludable desde hace siglos. Sabemos que los alimentos tienen las mismas tres cualidades básicas que cualquier otro elemento de la naturaleza, incluidos nosotros: lo sáttvico, lo tamásico y lo rajásico.

Los alimentos sáttvicos potencian la vida, la pureza y la paz mental, nos dan energía y vigor inmediato. Son aquellos alimentos naturales poco elaborados, fundamentalmente vegetarianos, como los cereales, los frutos secos, semillas y legumbres, la fruta, que es el alimento más importante en la dieta de los yoguis, la miel y productos derivados de la leche (hoy en día es mejor el yogur) que eran el sustituto proteínico de la carne en un país donde la vaca era sagrada.
Los alimentos rajásicos tienen que ver con los productos picantes, salados y fuertemente sazonados, secos, o muy calientes o muy fríos que inducen a una hiperactividad incesante y desequilibrada, pasiones descontroladas con euforia y depresión alternativas, un comportamiento tendente a lo bipolar. El azúcar refinado, los refrescos, las mostazas tratadas, las especias fuertes y los alimentos demasiado picantes, amargos, agrios o salados son rajásicos, y los yoguis procuran evitarlos porque producen tensión y confusión mental y emocional.

Por fin, los alimentos tamásicos son aquellos que siguen un principio tanático, que diría el psicoanálisis. Contienen cualidades de inercia, inactividad y destrucción de la naturaleza, dice el yoga. Se deben evitar las carnes, pescados, el consumo de alcohol, el tabaco, la comida rancia o avinagrada, las setas, etc. Cualquier alimento frito en mucho aceite se convierte en tamásico, lo que nos lleva directamente a las modernísimas conclusiones de la investigación de la Universidad de Las Palmas.

Pero probablemente lo más importante sea en nuestra sociedad disminuir la ingestión de comida. Los alimentos nutren y dan vida y energía hasta un punto para convertirse en un veneno cuando lo traspasan. Entonces se convierten en colesterol, ácido úrico, azúcar y obesidad que hay que eliminar bajo peligro de muerte. Los hábitos sociales de comunicación, la depresión, la búsqueda obsesiva del placer y el aburrimiento vital están detrás de una ingesta  excesiva de comida.

El yoga es muy cuidadoso con todo lo que pueda ser convertido en una afirmación fanática, y no se olvida de decirnos que todo y todos/as tenemos en distinta proporción las tres cualidades básicas de la naturaleza. Más allá de los condicionantes culturales y económicos de cada época no se trata tanto de seguir un régimen estricto como de ser sensibles a nuestro cuerpo, estar atentos a lo que nos señala y comprender lo que nos sienta bien y lo que nos sienta mal.

Hay que olvidarse de aquello: “Está muy rico aunque después me acuerdo toda la tarde porque me sienta fatal” o “Está buenísimo, pero después no queda más remedio que dormir una siesta de pijama y orinal”, que decía nuestro antiyogui Camilo José Cela. Según vamos avanzando en nuestra práctica sentimos que el cuerpo nos señala con más claridad lo que necesita y lo que rechaza.

Ya lo dice el Bhagavad Guita (XVII, 8,9,10): “Alimentos que aumentan la vitalidad, el vigor, la salud, el bienestar y el apetito, que son sabrosos, ricos, sustanciosos y agradables, son los preferidos por el sáttvico.
Alimentos que son amargos, ácidos, salados, muy condimentados, picantes, secos, ardientes, que causan dolor, sufrimiento y enfermedad, son los preferidos por el rajásico.
Alimentos que se han enfriado, ínsipidos, descompuestos, rancios, impropios para el sacrificio, son los preferidos por el tamásico."


6.- Séptimo paso en el camino del yogui o la yoguini: Dhyana, meditación

¿Practica meditación Molly Bloom en el último capítulo del Ulysses de James Joyce?
Uno de los capítulos más famosos de una de las novelas más famosas (y de más difícil lectura: el capítulo tiene 36 páginas y sólo 8 larguísimas oraciones sin signos de puntuación) de la literatura del siglo XX es un monólogo interior ( o corriente de la conciencia, como también se le llama) donde la mente de la esposa del protagonista se nos abre para verla pensar en algunas cuestiones de sexo, en un viaje a Gibraltar que hizo tiempo atrás y en su cita secreta anterior con un amante, mientras su marido duerme en la cama, a su lado.

¿Practica meditación Molly Bloom en ese largo monólogo interior que ocurre dentro de su cabeza?

Meditar supone un paso más, el séptimo paso en el camino del yogui, después del que se da con la concentración. Si concentrarse consiste en fijar la atención en un solo punto hasta conseguir cierta estabilidad mental, la meditación es fijar esa atención en un objeto, como dicen los Yoga Sutras, y ser conscientes de las ideas que surgen:

"dhyāna es el sostenimiento prolongado de las ideas que se presentan durante el estado de dhāraṇā" (Y.S. III.2)

Iyengar en su libro “Luz sobre los Yoga Sutras de Patanjali”, aclara con precisión la diferencia entre concentración y meditación: “La diferencia entre dhāranā y dhyāna es que dhāranā se ocupa mas de la eliminación de las ondas de pensamiento fluctuantes a fin de alcanzar la concentración unidireccional; en dhyāna, el énfasis radica en el mantenimiento de una observación contemplativa regular y profunda”.

Para poder meditar es necesario haber conseguido una “concentración de acceso”. Es esta la mínima concentración necesaria para observar el flujo de los pensamientos sin ser absorbido por ellos a cada momento. Amarrados al mástil de un objeto de meditación como puede ser la respiración, contemplamos sin intervenir y sin dejarnos llevar, sin calificativos y sin intervención consciente, la tormenta del flujo, cada vez más lento, de nuestros pensamientos y sensaciones.

Bodhidarma en su cueva
 de meditación, donde permaneció 9 años.
La conciencia deja pasar todo lo que ocurre en la mente. Por momentos, somos conscientes de nuestros deseos con una sonrisa interior, de nuestros recuerdos, de nuestros planes, de nuestras fantasías o nuestras ocurrencias. Si no juzgamos lo que se desarrolla en ese flujo incesante, si no nos dejamos arrastrar por lo que nos resulta agradable o desagradable empiezan a manifestarse sensaciones internas antiguas o procesos mentales inconscientes que estaban ahí, desde hace mucho tiempo, reprimidos.

Emergen a la conciencia, provocan una emoción, surge atracción o rechazo y, como todo lo demás, desaparecen sin dejar rastro. En el marco del hinduismo se llaman Samskaras, en el marco de la psicología pueden ser pulsiones, en el marco del psicoanálisis aspectos inconscientes del ello y del superyo. La meditación, dice el yoga, limpia la mente de toda esa carga inconsciente que condiciona y distorsiona la visión limpia de la realidad, la realidad tal y como es.

Además de darnos paz, serenidad y alegría la meditación nos ayuda a conocernos mejor, deja libre nuestra creatividad, la que sale de nuestro interior más íntimo, permite manejar mejor nuestros deseos y nos ayuda a sublimar la libido, una especie de energía psíquica instintual definida por Freud.

Las imágenes mentales que se dan en la meditación son de varios tipos y se producen en distintos niveles de conciencia.

Existe una conciencia central, como dice Damasio, el famoso psicólogo investigador de las emociones. Es una conciencia del presente, del aquí y el ahora. También habla Damasio de una conciencia biográfica compuesta de recuerdos, sensaciones, planes y deseos. La primera está presente durante la meditación, es continua y estable, como un cable por donde circula la corriente cambiante de nuestras imágenes, nuestros deseos o nuestras fantasías.

La forma cambia: unas son imágenes directas, otras se despliegan en el lenguaje, como un habla; otras parten de ambos soportes, son imágenes que definimos también con un lenguaje, o son directamente palabras escritas en nuestro inconsciente, o quizá colores. Una infinita gama de contenidos mentales que poco a poco se van calmando hasta que se hace más patente el continuo del cable, como cuando estamos en el campo, cerca de un tendido eléctrico: si nos quedamos quietos, callados y atentos comenzamos a oír el siseo eléctrico profundo y grave recorriendo el tendido eléctrico en medio de la grandiosidad del espacio abierto.

¿Practica meditación Mollly Bloom en su famoso monologo interior, o simplemente se deja llevar por la riqueza tiránica de sus pensamientos?

Yo creo que Molly Bloom es poseída por sus pensamientos, que su mente rica y ágil y cambiante la lleva de un lado a otro como un barco en la tormenta y que, pensando con esa riqueza y ese colorido, no es consciente ni de la mitad de lo que piensa. En el discurrir de la mente de Molly Bloom no hay conciencia del presente, ni atención a donde está, ni la ironía y la compasión necesaria para crear la distancia adecuada de sus propios deseos e impresiones que le permita saber que ella misma es eso, todo lo que surge en su mente, y más, mucho más que eso.


7. El yogui Stephen Cope
Stephen Cope es un yogui y profesor de yoga en el Centro Kripalu en Massachusetts en EE.UU., psicoterapeuta y escritor, además de, por lo visto, pianista. Ha escrito varios libros. Entre ellos uno traducido y publicado en español en 2006 por Gaia Ediciones que se titula“La sabiduría del Yoga : guía de la vida extraordinaria para el buscador espiritual”.

Me gustaría hacer aquí un pequeño comentario porque el libro me ha producido una honda impresión. Me ha resultado ameno, incluso divertido a veces, con una gran capacidad de explicar los Yoga Sutras de Patanjali y los fundamentos más profundos y difíciles del yoga de una manera cercana a nuestra mentalidad occidental, racional y al mismo tiempo cada vez más penetrada por lo psicológico y por la búsqueda de una espiritualidad nueva que enraíce en nuestra realidad contemporánea. Ya decía Jung que casi todos los problemas con los que se encontraba en pacientes que estaban en la mitad de la vida eran en última estancia problemas de identidad espiritual.

Stephen Cope nos cuenta la vida de algunos de sus alumnos de yoga, sus problemas, su búsqueda, su entendimiento del yoga y su vida cotidiana de manera cariñosa, sencilla, entretenida, penetrante y luminosa. En este fondo tan humano traza el dibujo de los Yoga Sutras, insertándolos de una manera muy sabia en nuestros problemas cotidianos que se han ido convirtiendo en sufrimiento psicológico e insuficiencia vital.

¡Cómo se lo he agradecido! Me paso la vida intentando impregnar mi vida cotidiana de yoga. Intento acercarlo y dar sentido a través de él a mis anhelos de yogui en Cuatro Caminos, en esta plaza de Madrid, bulliciosa y acogedora, que es un espejo vivo de los problemas y circunstancias de nuestro mundo en crisis.

Intento entender el yoga en lo más íntimo de mi ser, dándole un sentido personal y actual para que sirva como herramienta y luz en las cambios de mi vida, sin conseguirlo a veces.

Creo firmemente que el yoga es una herramienta magnífica para mejorar muchos problemas que traen las personas a mis sesiones de psicoterapia. Leo los Yoga Sutras con detenimiento y veneración, y los comentarios que sabios yoguis han hecho de ellos. Algunos creo entenderlos, otros pienso un poco abatido que no son para mí, ni para este tiempo de prisa y estrés.

¡Las cosas que dice Patanjali! ¡Lo extraordinario que puede parecer el yoga en estos aforismos tan comprimidos! ¡Lo difícil que parece! ¡Lo misterioso! ¡Lo milagroso! Y después viene la duda, y la tentación del descreimiento, tan occidentales.

No será para tanto, me digo a veces, desalentado. O me digo: a mi con una versión descafeinada me basta, la radicalidad del yoga no es para estos tiempos. Pues resulta que como nos lo explica Stephen Cope no resulta radical. Y al mismo tiempo resulta que sí es para tanto y también profundamente para nuestro tiempo, para nuestras inquietudes y necesidades psicológicas y espirituales de seres humanos en un país desarrollado (bueno, más o menos) del siglo XXI.

Y lo más curioso es que no hay mucha diferencia entre la búsqueda de aquellos yoguis antiguos y nuestra propia búsqueda actual. Las conclusiones de los yoguis antiguos son las conclusiones que Stephen Cope va desgranando a lo largo del libro apoyándose en los Yoga Sutras.

Unas explicaciones claras, bien entrelazadas, que se leen solas por la sencillez, la naturalidad y la impecabilidad con la que las enlaza, enraizadas en lo cotidiano y en los descubrimientos de la moderna psicología, sin alejarse una milésima de la esencia del yoga.

Estas son las conclusiones de los yoguis antiguos:

  • La realidad ordinaria en que vive la mayoría no es más que una construcción complicada basada en errores de percepción sutiles, pero importantes.
  • Los actos torpes que surgen de una mente encadenada producen sufrimiento para nosotros mismos y para los demás.
  • Las cadenas se convierten en incapacidades.
  • El proceso de desenredarse no es sencillo. Requiere un esfuerzo considerable y el cultivo de la introspección y de la habilidad mental y física
  • Al desenredarnos descubrimos que la mente a sus niveles sutiles sigue unas leyes distintas de la mente corriente.
  • Libres de las cadenas, aprendemos a dejarnos guiar por la sabiduría luminosa de la mente despierta, tomando decisiones que producen felicidad para nosotros mismos, para los demás y al mundo.

Stephen Cope me anima, me estimula a adentrarme cada vez más profundamente en la práctica del radja yoga o yoga mental, el yoga real, como se llama clásicamente. Dice:

"El yo humano está compuesto de envolturas cada vez más sutiles de materia, energía, inteligencia y consciencia… El mapa de Patanjali brinda una de las herramientas más sofisticadas del mundo para navegar por este territorio interior desconocido”

Es cierto, pero sin un buen experto en mapas resulta muy difícil llegar a donde queremos ir. Stephen Cope, con su libro, ilumina el mapa para nuestro tiempo, hace fácil lo difícil, acerca el yoga más sublime y liberador a nuestra mentalidad, nos trasmite fe y esperanza, nos ilumina. Gracias.


8. El camino del yoga y la tentación de la manzana

Tengo derecho a todo

 Quererlo todo y estar convencidos de poderlo conseguir no sería suficiente si no nos sintiéramos tranquilos al consumir. Necesitamos estar convencidos de nuestro derecho moral a hacerlo. Cuando a más de media humanidad le faltan los medios necesarios para acceder a la salud, el bienestar y la educación, y convencidos en nuestro interior de que los recursos de la Tierra son finitos y no se pueden desperdiciar, es imprescindible una justificación para el consumo innecesario. Por tanto, la justificación para construir nuestra vida sobre la  base del consumo, un consumo que beneficia el inmovilismo, el poder constituido y las grandes corporaciones, es la convicción moral de que tenemos derecho a todo.

Tener derecho a todo es considerar que no existe responsabilidad personal cuando compramos, porque comprar lo que nos dé la gana es un derecho inalienable del individuo que nadie nos puede arrebatar. Y sin embargo comprar es un acto responsable, éticamente significativo, que tiene repercusiones sociales y constituye un aspecto más que nos define como personas.

Sin cargarnos más de la cuenta con el peso de la responsabilidad y sin caer en el dogmatismo, comprar nos interpela. Pregunta por nuestras prioridades y nuestro proyecto de vida: hacia donde queremos ir, cual es el nivel de consumo que queremos permitirnos, qué cosa comprar y en qué abstenernos, si debemos comprar o no comprar más que lo necesario, y donde está nuestra frontera de lo necesario. También nos interpela sobre a quién le damos poder con esa compra, qué estamos favoreciendo con ella.

El consumo y las posesiones excesivas nos distraen, nos entumecen, nos quitan libertad y nos infantilizan. Y quizá lo contrario del consumo sea la renuncia, un acto de la voluntad que acompaña el camino del yogui. Veamos tres aspectos esenciales del camino del yogui en relación con la renuncia:

1.- La libertad de la renuncia

La renuncia, dice la Real Academia de la Lengua, es “hacer dejación voluntaria, dimisión o apartamiento de algo que se tiene, o se puede tener.” Es, por tanto, la otra cara de la moneda de todo lo que acabamos de exponer. Es un maravilloso acto de libertad personal, de afirmación y confianza en uno mismo. Cuando nos podríamos cargar con tantas cosas inútiles, como un peso muerto que acompañaría nuestra vida, renunciar significa darnos libertad, disminuir los fardos que nos acompañan, despojarnos de lo innecesario, perder peso para caminar ligeros e intentar volar espiritualmente.


2.- La fuerza y la luminosidad de la renuncia

Renunciar al placer y al reconocimiento social, que es lo que buscamos en el fondo del consumo, es difícil. Para renunciar es necesario tener las cosas muy claras, definir lo que para nosotros es imprescindible, establecer aquellos pequeños lujos a los que normalmente renunciamos pero que alguna vez necesitamos, y dejar atrás aquellos otros que perjudican nuestro perfeccionamiento como personas. Es una labor de clarificación personal que transforma lo que parecía necesario en prescindible, un acto de purificación personal para limpiarnos de los efectos de lo que ya no necesitamos y, al fin, es un acto de la voluntad para no caer en la tentación, o caer las menos veces posibles, ante los chantajes y las “mordidas” que nos ofrece la vida del consumidor.

Necesitamos la fuerza y  la luminosidad del yogui o la yoguini para aprender a renunciar. Renunciar es un camino costoso pero también en un camino de doble sentido, porque la renuncia aumenta nuestra fuerza y nuestra luminosidad.

3.- La justicia y la solidaridad de la renuncia

Finalmente, la renuncia que practica el yogui o la yoguini es de justicia. No es justo que unos dilapiden lo que otros necesitan. Me refiero a los alimentos, a los medicamentos o a los conocimientos, pero también al derroche de materias primas esenciales en artículos de lujo o consumibles que nos sirven un momento y después pasan a engrosar los vertederos. Esas materias primas esenciales son finitas.

Se nos dice que si no consumimos el paro, la inactividad y la miseria se adueñarán de la humanidad, pero eso no es verdad. ¿Por qué tendríamos que pararnos? ¿Por qué no invertimos en el desarrollo de la parte de la humanidad más pobre? Que consuman ellos los productos esenciales que necesitan, nosotros se los podemos ofrecer y enseñar a cultivar. Podemos producir en su favor, para su desarrollo, y de paso desplegar una civilización interrelacionada y global, donde los problemas y las soluciones sean de todos.

El futuro solo puede ser uno: una humanidad con menos desigualdades, más estable y más austera, donde el consumo, el lujo y la autocomplacencia sean sustituidos por la alegría de una comunicación profunda entre nosotros y con la naturaleza, por el progreso espiritual, el despliegue de la propia creatividad, la promoción de una salud integral, y la investigación y el conocimiento del universo, incluyendo a Dios o a la idea de Dios.

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